9 de agosto de 2017

No se pueden ignorar los impactos del turismo desbocado

Toda actividad económica descontrolada acaba generando fenómenos, comportamientos e impactos que ponen en entredicho la propia continuidad de esa actividad. Si las evaluaciones de impacto y la introducción de políticas reguladoras se aplican - o deben aplicarse - a las tareas productivas y a las infraestructuras, ¿cómo hacer caso omiso de ellas en el ámbito de los servicios?

Entre ellos, el turismo ocupa una posición primordial. Y es que a medida que sus magnitudes alcanzan umbrales insospechados, generando altas cotas de rentabilidad para los que gestionan empresarialmente el uso del espacio con fines de ocio y recreación... parece obvia la necesidad de situar en primer plano sus ostensibles contrapartidas y sus impactos más lesivos. Olvidarlos o minimizarlos resulta tan necio como contraproducente.

Pues son dos fundamentalmente: la impronta espacial a través de la degradación del espacio urbano al compás de la masificación que impide el disfrute del patrimonio apetecido y del frenesí especulativo que se apodera del mercado inmobiliario, tan disparado en sus precios como excluyente socialmente: y la precarización ominosa y salvaje del trabajo, afectado por un incremento cuantitativo que evoluciona en paralelo con los niveles más escandalosos de explotación y servidumbre.

Por eso, cuando uno oye a los residentes manifestar su rechazo a la ocupación escandalosa de un espacio de vida en el que se sienten ajenos o se detiene ante las palabras del presidente de Eurostar (ayer en Lugo), cuando alude a la facilidad de sustituir a los trabajadores afectados por contratos miserables por otros dispuestos a reemplazarlos de inmediato con salarios incluso más bajos... algo gravísimo está ocurriendo en el sector, por más que el discurso oficial haga caso omiso de estos hechos. Lo terrible es cuando todo eso se considera normal y deja de ser noticia para asumir que nada se puede hacer para evitar poner en peligro la gallina de los huevos de oro, como denominaba al turismo un tal Fraga Iribarne en los años sesenta del Novecientos.
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